Según UNICEF, se considera niño o niña a toda persona menor de 18 años. Esta definición busca proteger y reconocer que, durante estos años, el ser humano aún se encuentra en un proceso profundo de desarrollo físico, emocional y mental.
Desde la neurociencia sabemos que el cerebro no se desarrolla todo al mismo tiempo. Las áreas relacionadas con el control de impulsos, la toma de decisiones, la regulación emocional y la empatía —especialmente en la corteza prefrontal— continúan madurando durante la niñez y la adolescencia, e incluso algunas terminan de hacerlo cerca de los 25 años aproximadamente.
Por eso, aunque en esta etapa los niños y niñas parezcan “más grandes”, más autónomos o más capaces de razonar, siguen necesitando acompañamiento, contención y guía emocional. No siempre cuentan con las herramientas internas para manejar lo que sienten, aunque ya puedan expresarlo mejor con palabras.
En este espacio nos concentraremos especialmente en la niñez hasta los 12 años aproximadamente, entendiendo que lo que se siembra aquí tiene un impacto profundo en la adolescencia y la vida adulta. El arte, la música, la conversación y los vínculos seguros siguen siendo caminos esenciales para fortalecer la inteligencia emocional, la autoestima y la capacidad de relacionarse con otros.
Acompañar esta etapa no se trata de exigir madurez, sino de ofrecer presencia, escucha y límites amorosos que ayuden a los niños y niñas a seguir construyéndose por dentro.

Un cerebro que aún está
aprendiendo a decidir
En la niñez, los niños y niñas quieren hacer más cosas solos, tomar decisiones y demostrar que ya pueden. Aun así, es común que se equivoquen, actúen sin pensar o reaccionen con mucha emoción.
Esto no significa que “no escuchen” o que “no entiendan”. Su cerebro todavía está aprendiendo a organizar ideas, frenar impulsos y manejar lo que sienten. Necesitan práctica, tiempo y adultos que acompañen sin exigir perfección.

-Actividades manuales que se hagan paso a paso (cocinar algo sencillo, armar, tejer, construir).
-Juegos rítmicos donde haya turnos claros (palmas, eco de sonidos, seguir un pulso).
-Dibujar o escribir “qué intenté hoy” y “qué puedo intentar diferente mañana”.-
Cuando aparece la
comparación y la inseguridad
En la niñez, los niños y niñas empiezan a compararse más. Notan quién corre más rápido, quién saca mejores notas, quién recibe más atención o quién “hace las cosas mejor”. Esto puede generar inseguridad, vergüenza, enojo o ganas de rendirse antes de intentar.
Muchas veces, sin darnos cuenta, los adultos reforzamos estas comparaciones: cuando elogiamos solo el resultado, cuando comparamos con hermanos o compañeros, o cuando corregimos en público.
Una forma concreta de acompañar es poner el foco en el proceso y no en el resultado. En lugar de decir “qué bien lo hiciste”, se puede decir “vi cómo lo intentaste”, “te esforzaste”, “no era fácil y seguiste”.
También ayuda evitar las comparaciones, incluso las que parecen positivas. Cada niño y niña tiene su propio ritmo, y recordárselo con palabras y acciones fortalece la seguridad interna.
Crear momentos de trabajo o juego tranquilos, sin competencia, permite que el niño o la niña se concentre en lo que hace y no en cómo se ve frente a otros.

-Actividades artísticas sin modelo a copiar (dibujar, pintar o crear libremente).
-Juegos musicales donde cada uno tenga un sonido propio, sin competir.
-Conversar al final del día sobre algo que disfrutó hacer, no sobre lo que “le salió bien”.
Aprender del error
sin perder la confianza
En la niñez, equivocarse empieza a doler más. Los niños y niñas se dan cuenta cuando algo no les sale, cuando fallan frente a otros o cuando reciben correcciones constantes. Algunos se frustran y explotan; otros prefieren no intentar para no equivocarse.
Cuando el error se vive con presión o vergüenza, puede afectar la confianza y las ganas de aprender.
Una forma sencilla de acompañar es normalizar el error. Hablar de los errores como parte del aprendizaje, compartir errores propios y mostrar que no todo sale bien a la primera ayuda a quitar peso.
También es importante dar tiempo. No apurar, no resolver de inmediato, no intervenir apenas aparece la dificultad. Estar cerca, disponible, pero sin hacer por ellos.
Cuando el adulto transmite confianza —con gestos y con palabras como “tómate tu tiempo”, “yo confío en ti”, “no tiene que salir perfecto”, “puedes volver a intentar”— el niño o la niña se anima a intentar de nuevo.

Crear algo que no tenga un resultado “correcto” (modelar, pintar, improvisar sonidos).
-Jugar a repetir una actividad varias veces, cambiando algo en cada intento.
-Escuchar música y hablar de cómo una canción cambia cuando se repite o se transforma.
